Los regalos de la ciencia de la conservación
- Esteban Salazar

- 4 may
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Por Esteban Salazar Biólogo, fotógrafo y analista de datos científicos.
@essalazarc
Sigamos cuidando el océano para que estos espectáculos existan para futuras generaciones.
El inicio por la pasión de ayudar y conservar al medio ambiente y a las especies silvestres comienza de manera muy similar para todos aquellos que nos dedicamos a eso. Para mí empezó con mis padres diciéndome que debo respetar todos los seres vivos, y viendo documentales de Animal Planet y National Geographic. Desde entonces supe que me quería dedicar a la conservación.
Por azares del destino quise hacerlo desde la rama de la Ciencia. Al entrar a la carrera de Biología quedé encantado con las salidas de campo: de pronto sentía que estaba en algún documental. Sin embargo, en cuanto más te adentras en la ciencia de la conservación, más te das cuenta de que el campo es solo una muy pequeña parte. La mayoría de la ciencia de la conservación se hace durante trabajo de computadora —leyendo artículos, redactando notas científicas, programando algún código estadístico— y también las ocasionales salidas de campo. Estos elementos son los que conforman la ciencia de la conservación.
Al llegar a La Paz, esta tendencia se intensificó. A pesar de estar en uno de los lugares más hermosos del mundo, donde la fauna marina es única, muchos días me encontraba atrás del monitor. Esto no me desalentaba: encontré fascinación por el trabajo de computadora también. Pero no se compara con el trabajo de campo, en mi opinión. Por eso, cuando nos indicaban que íbamos a hacer trabajo de campo, me emocionaba muchísimo. He descubierto que salir con el corazón abierto y sin expectativas es la mejor manera de ir al mar (o a cualquier ecosistema).

Un día, fuimos a acampar a una isla dentro de la Bahía de La Paz, en busca de tiburones para poder monitorearlos. Estas salidas constan de salir en plena oscuridad al mar en la Bahía de La Paz, que es cuando hay mayor oportunidad de ver tiburones. Salir a las 7 pm para regresar a las 11 pm, descansar unas horas para despertarse, y volver a salir a las 3 am y regresar a las 7 am al campamento. Es una de las experiencias de campo más demandantes, especialmente al final de la semana cuando el cansancio aumenta, pero la pasión y la dicha de estar en el mar nunca desaparece.

Una noche, como a las 11 pm, decidimos que era hora de regresar al campamento. Un viaje de aproximadamente 20 minutos del lugar donde estábamos monitoreando tiburones hasta la costa. Era luna nueva y estábamos en total oscuridad. Las estrellas ya eran un espectáculo por sí solas: contemplar las constelaciones desde el océano siempre será una de mis experiencias favoritas. El viento frío pegaba en nuestros rostros. De pronto, pasamos por un parche de bioluminiscencia enorme. Mientras la panga avanzaba y movía el agua, se podía apreciar perfecto la bioluminiscencia. Era tan brillante que iluminaba las caras de los demás compañeros. Un espectáculo hermoso.
De pronto bajé la cabeza y empecé a ver una silueta blanca por debajo de la panga en la profundidad, cada vez se aproximaba más. Yo no sabía qué era lo que estaba viendo exactamente. Parecía algo sacado de Alicia en el país de las maravillas o de La vida de Pi. ¡Y empezamos a ver más de estas siluetas… tres, cuatro… más de cinco! Eran delfines nadando abajo de la panga.
Casi todos los que vivimos en La Paz hemos tenido la fortuna de haber presenciado el comportamiento de los delfines nadando cerca de alguna panga, pero verlo de noche y bajo la bioluminiscencia ha sido el espectáculo más hermoso y único que he podido presenciar. Un escenario totalmente surrealista; llega un punto en que el cerebro no sabe qué es lo que está viendo exactamente. Sombras blancas nadando abajo de un mar negro, dejando su rastro de bioluminiscencia… casi como bailando. ¡Algo en verdad espectacular! Y de pronto, los delfines empiezan a saltar enfrente de la panga, y cuando salían del agua, algunas partículas de bioluminiscencia se quedaban adheridas a su piel. Estaban brillando afuera del agua también.
Después de unos tres minutos, los delfines tursiones o delfines nariz de botella (Tursiops truncatus) se fueron, y el parche de bioluminiscencia desapareció también. En algún momento intenté grabar, pero la tecnología que poseía en ese momento no tenía la capacidad de grabar a esa velocidad con tanta oscuridad. Ahora esta experiencia solo existe en mis recuerdos (y en la de mis compañeros).
Este es mi mejor esfuerzo por compartir mi experiencia con ustedes, y siempre que lo cuento o lo escribo siento que las palabras se quedan cortas a lo que viví aquel día.
Solo me queda decir que la ciencia de la conservación puede que tenga momentos difíciles y frustrantes, pero sus recompensas en campo hacen que valga la pena cada segundo. Las especies silvestres requieren de nuestra ayuda para sobrevivir a largo plazo. Sigamos cuidando y protegiendo nuestros mares para que estos espectáculos puedan ser apreciados por futuras generaciones.



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