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TIMSHEL: DE LOS EXPEDIENTES A LOS OJOS DE UNA MANTA PREÑADA

  • Foto del escritor: Camilo Thompson
    Camilo Thompson
  • hace 3 días
  • 6 Min. de lectura

Por Daniel Camilo Thompson Póo, abogado ambiental


El origen: justificación legal, burocracia y un permiso idóneo

No empezó en el mar. Empezó en una oficina. Frente a una computadora. Construyendo un proyecto que pudiera convencer a biólogos, abogados y autoridades. Hace más de un año, la Dra. Madalena Cabral —"Lena"— me pidió ayuda. Necesitaba estructurar legalmente una idea que ya tenía corazón: identificar gestación, crianza y alimentación de la manta gigante en Revillagigedo y la Península de California.



¿Por qué es prioritario? Las mantas paren una sola cría cada dos o cinco años. Baja tasa reproductiva. Alta vulnerabilidad. Por eso la UICN las clasifica como especie en peligro y la NOM-059 las regula como "Protección especial". Pero no es solo una obligación legal. Es justicia ambiental: actuar ante el riesgo y garantizar que las futuras generaciones hereden un océano con mantas.


El trabajo invisible. Preparar la expedición fue un trabajo de orfebrería. Lena y todos en la coperación ponemos el corazón. Me toco la gestión y justificación del marco legal. Pero para operar en Revillagigedo necesitábamos mucho más que un buen proyecto:

  • Licencia de colecta científica.

  • Permiso de importación temporal.

  • Acreditaciones para cada voluntario.

  • El velero Timshel de 68 pies, sus documentos de propiedad, seguros y certificaciones.

  • Sistemas de posicionamiento y comunicaciones satelitales.

  • Permisos de la dirección del Parque Nacional.

Todos teníamos un rol. Marinos. Buzos de ciencia. Expertos. Voluntarios de documentación. Y yo, además de voluntario, asumí la seguridad y el cumplimiento normativo.


El permiso científico. La Dirección General de Vida Silvestre (DGVS) revisó cada apartado del proyecto. Su conclusión al otorgar el permiso fue clave: "La colocación de transmisores satelitales es un procedimiento mínimamente invasivo. No van a extraer ninguna parte de las especies." Autorizaron el uso de "materiales, equipos, procesos, métodos o tecnologías alternativos". En español: podemos usar ultrasonido submarino para identificar mantas embarazadas. La tecnología no es un lujo. Es una necesidad.


La resolución llegó el 7 de noviembre de 2025. Su complemento, días antes de zarpar. No era una colecta científica tradicional. Era un permiso pionero: monitorear sin extraer, proteger sin poseer. Teníamos el papel. Teníamos el Timshel. Teníamos a la tripulación, los seguros, los certificados y la tecnología. Y teníamos una misión.


Pero lo mejor estaba por venir...


LA TRAVESÍA: UN VELERO, CUATRO NACIONALIDADES Y EL PACÍFICO


Cinco horas después de zarpar, el océano nos recibió como a viejos amigos. Orcas pasaron a 200 metros, directo hacia el Archipiélago. Después, dos ballenas jorobadas mostraron el lomo, la aleta, la cola. Como diciendo "sígannos". Un pod de delfines pintados (delfín Manchado Pantropical) se puso a jugar en la proa del Timshel y nos acompañaron por muchas millas.



El capitán John Beltramo compró el barco como un cascarón de metal y lo reconstruyó con sus propias manos. A bordo viajan seis marinos, dos guías de buceo, tres biólogos marinos y un abogado, todos buzos. Cuatro nacionalidades. Una misma obsesión: encontrar mantas preñadas.


Llegamos a San Benedicto de noche. Al amanecer, vi el volcán Bárcena con sus dos cráteres y la silueta de una mujer durmiendo grabada en la cara oeste de la isla. "Esa es la mujer dormida", me dijo Mau. "Al final de su pelo está Roca Manta".


LOS PRIMEROS BUCEOS: docenas de tiburones y una manta muy grande

Bajamos en "El Cañon" a 20 o 25 metros. Nunca había visto tantos tiburones juntos: Galápagos, sedosos, martillos, puntas negras y blancas. Era como estar dentro de un documental, pero sin el vidrio.


En "El Boiler" —el sitio más famoso de San Benedicto— pasó algo que no olvidaré. No sabía que en ese volcán, a un lado de la mujer de piedra, me esperaba una manta que iba a cambiar mi forma de entender la justicia. Y apareció ella. La llamábamos "La Abuelita". Era imponente, con cicatrices en los ojos y el cuerpo marcado por rémoras. Pero lo que me impactó no fue su tamaño. Fue su mirada. Se acercó. Desaceleró el aleteo. Me miró directamente a través de la máscara mientras Lena hacía el ultrasonido en su costado superior izquierdo. "Estamos aquí para protegerlas", quise decir. Pero solo salio una gran energía de conecxión y algunas burbujas. Ella movió los músculos alrededor del ojo. Como si entendiera. En ese momento no lo sabía, pero esa manta ya tenía nombre. Timshel. Y también tenía una sorpresa dentro.



LA CONFIRMACIÓN CIENTÍFICA: una madrugada que no olvidaré

Lena venía insistiendo: "Abuelita está preñada". Pero algunos dudaban. Alisa Newton, especialista en ultrasonido de especies pelágicas, era más cautelosa. Había que tener pruebas.


La madrugada del 18 de enero, todo cambió. Eran las 3:20 a.m. Lena me despertó. Su voz temblaba. "¡Camilo! He identificado una manta con su bebé. ¡Por Dios que lo juro, está embarazada!"


No reaccioné rápido. Tengo el sueño pesado. Ella seguía hablando sola en la cocina, comparando las imágenes del ultrasonido con un artículo del Acuario de Japón. "La boca, Camilo. El ala doblada hacia arriba. ¡Es idéntico!" Me paré y fui a la cocina. Lena me mostró el teléfono con las manos temblando. Repetía: "Lo sé, está embarazada". Y tenía razón. El feto movía la boca, bombeaba líquido uterino a través de sus branquias. Esa cosa diminuta, dentro de esa manta enorme, estaba viva y respirando. El ruido despertó a Tim y a la doctora Newton. Tim dijo: "Pobrecita, ella no puede dormir bien". Pero nadie volvió a dormir esa noche.


Habíamos confirmado lo que sospechábamos. Mobula birostris, la manta oceánica gigante del Pacífico, una especie en peligro de extinción, se gestaba dentro del Parque Nacional Revillagigedo. Y "Abuelita" ya no era solo una manta vieja y sabia. Era Timshel. Y es mamá.


LA GRAN PREGUNTA: ¿Dónde nacen las mantas?

Pero la ciencia no se contenta con una respuesta. Sabemos que las mantas llegan a Revillagigedo para aparearse, alimentarse, ir a las estaciones de limpieza —y ahora sabemos que llegan preñadas. Pasan meses ahí. Pero dar a luz es otra cosa. Parir en mar abierto es un acto de vulnerabilidad. Es probable que las hembras migren cientos de kilómetros a aguas más tranquilas, más cálidas, con menos depredadores.


¿Dónde nacen las mantas? Esa es la pregunta que nos mueve. Por eso Lena colocó un transmisor satelital a Timshel. Por eso en marzo de 2026 regresó, a bordo de un Liveaboard, y encontró tres hembras más preñadas. Dos de ellas —"Ophelia" y "Grecia"— también fueron marcadas. 


En esa expedición llegó Alonso Rodríguez de la Parra, fundador de Cuidando los Mares de México. No solo para documentar cada inmersión, cada aleta fetal en el ultrasonido. Llegó para continuar el marcaje satelital, para sostener la cámara donde la ciencia se encuentra con el asombro, para apoyar a Lena en cada decisión. Alonso sabe que proteger una especie en peligro no se logra desde un escritorio. Se logra en el agua, con el tanque en la espalda y los ojos fijos en el horizonte.


En junio o julio de este año empezaremos a recibir los datos. Seis meses de recorridos, profundidades, rutas. Algunas mantas se quedarán dentro del parque. Otras cruzarán hacia alta mar, hacia la Isla Clipperton, hacia el Pacífico profundo. Si salen del área protegida, eso es exactamente lo que necesitamos saber. Para ampliar la protección. Para justificar nuevas regulaciones. Para decirles a la SEMARNAT, la CONANP, los pescadores y las navieras: "Aquí están los corredores. Aquí nacen. Aquí hay que cuidar".


La manta gigante está protegida por las normas; su pesca está prohibida. Pero fuera del polígono de Revillagigedo, el mar es grande y la vigilancia es poca. La pesca incidental en redes fantasma y agalleras sigue matando mantas. Nuestros datos no van a cambiar eso de inmediato. Pero suman al esfuerzo colectivo. Como abogado, sé que sin evidencia no hay causa. Como conservacionista, sé que sin corazón no hay movimiento. Las mantas necesitan las dos cosas.


TIMSHEL - LIBRE ALBEDRÍO, LA VIDA DEL VOLCÁN Y LA PERSEVERANCIA



Timshel significa «tú puedes». En su raíz más profunda habita el libre albedrío: la capacidad de elegir nuestro camino. Esa noche, en la cocina del velero, Lena eligió confiar en sus imágenes cuando todos dudaban. El capitán Beltramo eligió reconstruir ese barco para que la ciencia llegara a Revillagigedo. Y yo elegí no rendirme ante los oficios de prevención, las notificaciones y los silencios administrativos. La perseverancia a veces se viste de resolución legal, a veces de un grito en la madrugada.


Allá afuera, en la lejanía del volcán Bárcena, la vida sigue como hace siglos. Entre acantilados de roca negra forjados por lava y viento, las olas rompen con estruendos que retumban en el casco. Los rabijuncos —aves blancas de cola infinita— sobrevuelan el atardecer con cantos que rebotan en las paredes de la isla y regresan como un eco ancestral. Las fragatas planean sin mover las alas. Los bobos juveniles, aún cafés sin sus patas rojas, pelean por un lugar en la proa. Bajo la superficie, la megafauna sigue su danza: tiburones martillo en formación, mantas que giran como sombras enormes, bancos de jureles negros que hacen brillar el agua. Este lugar no es solo un parque nacional. Es un recordatorio de que el océano puede estar entero cuando lo dejamos ser.


Ahora falta lo más importante: que los datos lleguen. Que sepamos dónde nacen las mantas. Que las protejamos donde viven, gestan y paren.


Y ojalá los niños de hoy puedan nadar junto a una manta y escuchar, a través de su máscara, el silencio más hermoso del mar.



Daniel Camilo Thompson Póo Abogado especializado en Derecho Ambiental, Marítimo y de la Conservación | Consultor de Cuidando los Mares de México A.C.


A bordo del Timshel, en algún punto del Pacífico de México…

 
 
 

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